Día 21 de enero
La ciudad de Osaka es inconmensurable al igual que Tokyo. Gigantescos edificios modernos se conjugan los más feos de la posguerra. La red de tren y el metro es tan compleja y confusa como Tokyo.
Los agentes del JR PASS me reciben con una sonrisa y me explican que el principal sitio histórico de la ciudad es el castillo de Osaka. Acepto la sugerencia, ajusto la cinta de mi mochila y parto de inmediato al castillo.
Llego a la estación indicada y en la salida avanzo por un puente moderno. En la parte de abajo veo locales occidentales de comida. Luego veo a la izquierda un punto verde. Es el castillo de Osaka. El símbolo de la unión de Japón en el siglo XVI. Una estructura despampanante. Una pagoda sideral que observa a la ciudad con orgullo y armonía.
Camino varios minutos para llegar al lugar. El castillo está bordeado por un cauce de agua artificial. Unos botes dorados lo circulan.
Ingreso al castillo que relata la historia de su construcción, y resalta la principal figura histórica de Japón: Hideyoshi.
La historia de Japón se remonta por miles de años, pero la unificación de la isla tuvo lugar recién en el siglo XVI. Infinitas guerras civiles desangraron a Japón. Me hace recordar a mi colega de Nepal que sorprendido por la guerra que sufrió el Paraguay en el siglo XIX, y compararla con las suyas, me afirmo: La historia de la humanidad se escribió con sangre.
Al salir del castillo que resplandece en el centro de Osaka, me dejo capturar por su poder magnético.
A la tarde me dirijo a la zona de Nippinbashi y Dottombori, conocidas por ser el centro nocturno y comercial de Osaka.
A continuación, llego a un hostel minúsculo, en donde más de una docena de camas están apiladas en una habitación de un ambiente. Levanto las cejas pero igual me desplomo en la cama, agotado y rendido.
Al día siguiente me despierto a las seis de la mañana y me dirijo a la costa de la ciudad con la intención de ver “el sol naciente”.
Abordé el metro hasta la última parada de la línea verde, descendí unas escaleras hasta encontrar un parque que se extiende a lo largo de la bahía. La bahía de Osaka mira a unos islotes colmados de contenedores, y una serie de puentes oblicuos a lo lejos.
Al caminar mis primeros pasos en el parque un pájaro cantor revolotea al lado mío. A continuación, fijo la mirada en el océano Pacífico y veo un gigantesco barco de carga, que lentamente es seguido por otros más pequeños, una sucesión infinita empieza a ingresar en la bahía que es guardada por dos faros, uno rojo en la punta norte del parque, y otro blanco en el islote principal.
El cielo clarea, pasa de un color grisáceo a uno azul. A mi lado pasa una señora bien abrigada que camina agitando los brazos, y unos pasos adelante encuentro a un ciclista tomando un respiro en la barandas del parque. Posa el brazo izquierdo en la viga superior mientras bebe una bebida energizante con la derecha.
Lo imito y descanso mis brazos, el clima está fresco; miro al horizonte esperando al sol naciente. El principal misterio para mi es si será rojizo o dorado como en el resto del mundo.
Lo espero unos minutos hasta que caigo en cuenta que una luz poderosa brilla a mis espaldas. Doy la vuelta y un sol níveo rodeado por una aura anaranjada despunta con una energía impresionante.
Abro bien mis ojos.
Al parecer elegí esperar el amanecer en una codo de la bahía que dobla hacia el norte. El sol me ciega y me ilumina.
Reconozco en ese instante, que este viaje tan largo siempre tuvo el objetivo de ver el amanecer desde este preciso lugar. Cierro los labios y asiento con la barbilla.
Un ave vuela al ras del mar y una serie de caminantes empiezan a poblar la bahía.
Son las 7:30 de la mañana y concluyo la tercera entrada.
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