Día 23 de enero 2da parte

Abro una segunda parte de mi estadía en Hiroshima, luego de haber superado los pensamientos sobre el fin de la humanidad.
El museo de la catástrofe de Hirsohima muestra en el primer salón una maqueta interactiva como la ciudad fue hecha trizas por los americanos.
En el siguiente espacio, uno encuentra videos con las historias de los sobrevivientes. Historias escalofriantes que veo por más de una hora.
Creo que hay contenido para seguir viendo por otras tres o cuatro horas más en donde los sobrevivientes cuentan cómo vivieron la explosión, y lograron milagrosamente sobrevivir.
Todos concuerdan que la explosión inició con un flash de luz, y a continuación todo se volvió negro. La oscuridad invadió la ciudad. El poder de la bomba derribó a todos al suelo, y los que lograron vivir, fue porque en esa caída cayeron bajo alguna pared que resistió la grave explosión.
De una población de 360.000 habitantes la ciudad perdió a finales de 1945 alrededor de 140.000 habitantes. Las historias relatan en mayor o menor medida que salían a las calles heridos, con la piel quemada, que les caía en colgajos, y veían a los que pronto iban a perecer, desnudos, caminando como muertos vivientes, horrorosamente quemados, muchos sin piel, sin cabellos, con las manos extendidas hacia adelante, la lengua afuera y los ojos perdidos.
Caminaban hacia las afueras de la ciudad para ir a morir en silencio al costado del camino. Lentamente se sentaban, y perecían cayéndose de espaldas, o recostados en un árbol.
Salgo del museo con la mirada perdida, extraviado en este mundo que llamamos tierra. Me paso la mano por la cara y siento que la bomba cae una vez más. Veo la luz, la oscuridad, y siento el calor insoportable, que quema mis músculos, y desintegra mis órganos interiores. La muerte sobreviene como un respiro a la desesperación y dolor que me consumen.
Abro los ojos y el sol brilla, y la ciudad persevera. El castillo de Hirsohima construido en 1590 fue reconstruido en 1958. Las casas fueron rediseñadas al igual que los edificios. El tranvía vuelve a correr las calles como en la mañana del 6 de agosto de 1945.
Doy vueltas por la ciudad y encuentro un pasaje subterráneo. La ciudad construyo en vez de trenes subterráneos pasajes, que conectan distintos puntos de la ciudad. Tal vez como un refugio ante un eventual conflicto. No lo sé ni me animo a preguntar.
Cierro la entrada sobre Hiroshima, y deseo a la humanidad, que evolucione y llegue a un estadio, no de felicidad, sino tan solo de paz.

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