Dia 20 de enero
Dia 2 Kyoto
El tren bala estaciona puntualmente en la estación de Kyoto. La antigua capital del país. Es una tarde preciosa de invierno. El sol ilumina de forma tenue la ciudad.
La estación de Kyoto es moderna, de altos techos blancos, e inmensos corredores. Un grupo de personas aguarda en el suelo alguna conexión de tren y otro camina en una columna hacia el andén. Desciendo unas amplias escalinatas y salgo a la ciudad.
Paro unos minutos en un comic café. Un espacio donde se reúnen personas de todas las edades a leer comics y jugar videojuegos. El tufo y humo que recorre el lugar me da náuseas. El local está abierto 24 horas y cuenta con duchas y un espacio para que las mujeres puedan maquillarse, como si se tratase de una peluquería. Con amplios espejos, secadoras de pelo, y peines de todas las formas y tamaños.
Lo primero que me viene en la cabeza es: sólo en Japón uno se encuentra con estos lugares. Veo unos comics por unos minutos y me dirijo al hotel.
Empiezo a caminar por la ciudad de Kyoto. El desarrollo urbano de Japón tuvo una explosión en la posguerra. Kyoto al igual que Tokyo está dominado por edificios grises con formas de cajas de zapatos, turrones, lavarropas o cajetillas de cigarrillos.
El problema con la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX, según mi entender, es que no cuenta con la belleza, elegancia o gracia de las residencias de siglos anteriores.
Pero poco a poco se dejan ver casas de la preguerra, algunas casas con techos oblicuos y finos detalles.
Avanzo unas cuadras mientras sigo las instrucciones de mi celular. El teléfono vibra y me guía: Doble a la izquierda, avance 500 metros, doble a la derecha.
En una de esas dice cruce al otro lado de la calle. Y me dispongo a hacerlo cuando un auto aparece a mis espaldas. Me quedo helado. Suspiro y guardo el teléfono en el pantalón. “No volveré a escucharlo”, pienso.
Unos minutos más adelante me encuentro con un monumental templo budista. De inmensas casas inspiradas en la arquitectura china. Paso por el costado con la idea fija de volver.
Llego al hotel cápsula y descanso por unas horas.
A la noche me encuentro con una amiga que conocí en Nueva York, y me lleva por estrechos pasajes repletos de negocios de comida al más estilo japonés.
Caminamos por varios minutos sin decidir a donde entrar. Comento que me recomendaron la carne de Kobe y ella sugiere probar el Okonomiyaki.
Las calles delgadas se cruzan con otras iguales. Sin darme cuenta estoy en un laberinto de gente, negocios, carteles luminosos y estrellas brillantes. Es un recorrido hermoso.
Elegimos un lugar impecable y ordenamos unas cervezas Santori y el Okonimyaki, que me hace recordar a un omelet de verduras. La noche pasa volando y el día amanece claro. Las nubes se amontonan y el sol resplandece.
Regresaré a Kyoto para visitar los principales puntos históricos, pero hoy planeo entrar en la segunda ciudad más grande de Japón: Osaka.
La ciudad de Osaka es una ciudad portuaria estratégica en donde por cientos de años fue el principal centro comercial de Japón.
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