Día 24 y 25 Beppu

Día 24 y 25 de enero
Llego a la estación y abordo el Sonic 33. Es un tren que me transporta a 1970. El exterior es rojo con franjas blancas y en cada puerta doble marca el número 3. El interior posee diseños modernos, aerodinámicos, de formas estrafalarias como si estuviera dentro de un episodio de los Supersónicos.
Guardo mi mochila en el compartimiento superior que se abre hacia abajo y me siento en un asiento delgado pero sumamente cómodo. El camino a la ciudad de Beppu es agradable y tranquilo. Beppu es la capital japonesa de las aguas termales. En el pasado era considerada como una tierra maldita por las aguas que alcanzan una temperatura de 95 grados, y los cocodrilos que las circundan.
Con el tiempo los japoneses aprendieron a regular las temperaturas del agua para hacerlas tolerables al cuerpo humano. Arribo a la pequeña estación de Beppu, que hace centro comercial y punto de encuentro de la pequeña ciudad portuaria. Salgo a la calle y encuentro una fuente con un pequeño volcán bramando agua roja y humeante. El cartel invita a uno a sentir la temperatura. No sin miedo acerco el dedo índice a la superficie del agua para notar que el agua está tibia.
El día es fresco y las nubes blancas se tornan grises cada tanto. El viento sopla con energía, retiro mi bufanda de la mochila, y la lío al cuello varias veces. Sigo el GPS que me dirige hasta mi nuevo albergue. Dejo las cosas y parto a buscar el primer onsen (aguas termales en japonés). A un minuto del hotel se encuentra el prestigioso e histórico Takegawara Onsen que funciona ininterrumpidamente desde 1879.
Me desoriento y voy hacia el norte, cuando me doy cuenta, la tarde su vuelve más fría. Llevo mi mano a la bufanda para brindar más calor a mi nariz y boca, y regreso. Encuentro el famoso onsen en el medio de una zona roja. Ingreso al recinto y una señora me exige 100 yen, que equivale a 1 dólar. Un precio regalado. Pago el precio con una sonrisa, me quito los calzados y avanzo hasta los baños públicos. Un señor me ve entrar y se dispone a salir. Sale de una pileta de cinco metros por cuatro desnudo. Llevo mis ojos al techo y veo las instrucciones del lugar.
Las leo y todas indican que primero hay bañarse sentado en una silla de niños con una cubeta de madera, y luego uno entra a las aguas termales. No hay vuelta atrás. Vine para experimentar las aguas termales japonesas. Me desvisto y procedo a lavarme con la cubeta. El agua es caliente pero soportable. Me encuentro solo en el lugar ya listo para probar las aguas.
Me acerco a la pileta e ingreso la mano derecha. De inmediato la quito del dolor que me produce la temperatura. Mi mano está roja y levemente inflamada. “No puede ser”, digo. Vuelvo a intentar y el resultado es el mismo. Pienso cómo es posible que el señor que se acaba de retirar estaba dentro sin ningún inconvenientes. Veo un pequeño grifo en la esquina izquierda de la pileta, y lo abro. Un chorro de agua fría empieza a caer en la pileta. Busco en el lugar otros grifos y encuentro dos en la pared opuesta, en el ángulo derecho. Llego hasta ahí y abro otro grifo que entiendo que deba llegar a la pileta. No estoy seguro pero no queda otra que probar.
Vuelvo a la pileta, me siento en el borde y pongo los pies. El agua está caliente, muy caliente, pero resisto. De a poco voy hundiendo las pantorrillas, las rodillas, los muslos, e ingreso hasta el estómago. El agua quema. Pareciera que está a punto de entrar en ebullición. Considero que mi cuerpo no está acostumbrado a las aguas termales, ya que en mi memoria más allá del sauna, no recuerdo haber probado estas clases de piletas.
Junto fuerzas y de a poco el cuerpo se adapta. Otro señor ingresa, se lava y entra a la pileta sin ningún problema. No entiendo por qué pero de toda la pileta elige ingresar exactamente enfrente mío. Primero miro al costado, y como el señor me mira fijamente, lo miro a los ojos y asiento. El señor pregunta si soy de México. Y digo que no. Le indico mi país y el señor asiente, pero por lo visto nunca lo oyó. Más personas ingresan y entran a la pileta sin ningún drama. Hacía rato había cerrado el grifo.
Aguanto una media hora, luego me baño de vuelta, y entro y salgo de la pileta. Pero el cuerpo pide acabar la sesión. Me enlisto y regreso a las calles de Beppu. La noche está fresca y el cuerpo relajado. Voy al hotel en busca de una cerveza y caigo dormido con una sonrisa.
Al día siguiente, la mañana es clara y el sol brilla con cierta energía. Me despido de la gente del hotel y voy a recorrer los ocho infiernos de Beppu. Que son pequeños estanques de aguas hirvientes, algunas en ebullición, de distintos colores: azul cobalto, rojo, gris, marrones, que se formaron luego de la explosión de un volcán hacía unos mil años. Mi amigo de Tokyo me avisa por mensajes que el anillo de fuego está activo. Que esté atento ante la posibilidad de la erupción de un volcán, un terremoto, o un tsunami. En el caso de las tres posibilidades estoy en un mal lugar. Pero no queda otra que continuar.
Parto al mejor onsen recomendado de la ciudad. Que está instalado en lo alto de una montaña que mira a toda la ciudad. Es el Tanayu Onsen. En el camino descubro que las aguas del Takegawara Onsen llegan a 45 grados, y lo normal en cualquier onsen, son los 30 grados. Al parecer es un lugar extremo. Y me siento satisfecho de haberlo superado. No creo que haya ningún onsen que me pueda causar daño.
Un bus va a la cima de la montaña gratis y te lleva a un hotel de cinco estrellas en donde al costado se encuentra el Tanayu Onsen. Ingreso al lugar y pago 1200 yen, o 12 dólares. Entro en un vestidor de primera línea, me quito la ropa, y voy a experimentar este onsen. Sin muchas expectativas pero con ganas de relajarme.
Abro las puertas y no puedo creer lo que veo. A la izquierda se encuentran tres piletas personales que son alimentadas por ánforas. En el centro una pileta bajo techo humeante, y a la derecha, una gran pileta de cinco niveles. O cinco piletas que caen como cascadas hasta el borde de la montaña en donde se puede apreciar la vista de la ciudad. A la izquierda se encuentra una cadena montañona, en el centro las casas de conforman la ciudad, y a la derecha el mar. Abro los ojos y me dejo llevar por el ambiente de calma, paz, y majestuosidad. Es tal vez el lugar más hermoso que me tocó hacer pie. Ingreso a la pileta superior, y voy bajando como un niño, nadando, dando vueltas, hasta el borde de la montaña. La última pileta está separada del abismo solo por un borde de piedra. El panorama es increíble, en el cielo azul las nubes como algodones se van desarmando, y en el horizonte una línea celeste más clara que el cielo la divide del mar.Los buques mercantes y de placer llegan al puerto. Y las gaviotas y cuervos dan vueltas en el cielo.
“Qué excelente día”, pienso. Me quedo un par de horas, y luego me pongo en marcha a mi siguiente destino: Nagasaki. Cómo el recorrido es largo decido dormir en Kitakyushu. Antes de llegar a la estación aprendo que ambas ciudades guardan una relación fundamental con respecto a la bomba atómica que terminó la Segunda Guerra Mundial. Pero eso le dejaremos para la siguiente entrada.

Comentarios

  1. Increíbles lugares!! Espero que también estés sacando fotos para conocer cómo se ven. Seguimos acompañándote en el viaje!!

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